De árboles, hijos y libros

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

El dicho popular sentencia de forma así de simple los objetivos mínimos que todo ser humano debe cumplir durante su existencia. Sin entrar en detalles acerca de si, para que una vida puede considerarse plena, basta con rematar las susodichas tres heroicas misiones, opino que las mismas son objetivos básicos para intentar enderezar un poco este maltrecho planeta. Al menos, si se encauzan medianamente bien.

En cuanto a la primera misión, yo ya la tengo cumplida con creces. Numéricamente, me refiero: tengo claro que nunca plantaré suficientes árboles, así viva dos siglos.

La tercera misión aún no la tengo despachada –entiendo que mi Proyecto de Fin de Carrera, aunque cuantitativamente pueda considerarse un libro, literariamente deja bastante que desear como tal– y ahí es donde entra, en parte, la presente bitácora. Opino que todo ser humano debería legar a los demás su visión de la vida en base a sus experiencias e inquietudes, y que dicha visión queda mejor reflejada por escrito y contrastada con los puntos de vista de sus semejantes. Ello requiere, naturalmente, una dosis nada fácil de conseguir de ecuanimidad y objetividad. Quizá sea más exacto decir, de subjetividad controlada.

Pero la última motivación que me ha impulsado a montar este desvarío es el haber “cumplido” mi segunda misión:

“Lo importante no es qué mundo vamos a dejarle a nuestros hijos sino qué hijos vamos a dejarle al mundo”.

Hace años escuché a un amigo, ignoro si propia o ajena, esta frase que se me quedó grabada a fuego. En efecto, no basta con “cumplir” la segunda misión. No importa si hablamos de hijos biológicos o adoptados. No importa si hablamos de una relación paterno-filial en sí, o de una relación entre profesores y alumnos, entre hermanos mayores y menores, entre tíos y sobrinos… Lo único que tiene valor es la pura relación y el producto de esa relación. La relación entre maestro y discípulo.

No desvirtuemos el significado de maestro ni el de discípulo, ni lo rodeemos del misticismo, la pompa y el elitismo que habitualmente acompañan a ambos términos. Generalmente, la palabra “maestro” se asocia a vejez, veteranía y experiencia, y es creencia muy arraigada que, como los buenos vinos, la maestría es mejor cuanto más solera posee, hasta tal punto que es frecuente venerar como el más excelente e insuperable de los maestros a aquél que más se remonta al pasado, por muy aventajados que sean, o fuesen, sus discípulos. Y así, sucumbimos continuamente a tópicos como el de que la vejez debe ser respetada por su experiencia –respeto a las canas, que se dice–, que cualquier tiempo pasado fue mejor, etc. etc. En definitiva, generalizaciones erróneas o, como mínimo, inerciales.

En mi opinión, un maestro del pasado con fama de ser el mejor de todos los tiempos, es un maestro fracasado. Un maestro fracasa como tal si no consigue que sus discípulos sean mejores o, al menos, iguales que él. O, al menos, si no les dota de los recursos necesarios para llegar a serlo.

La experiencia es personal e intransferible, y sólo las conclusiones y enseñanzas que nos proporciona son susceptibles de ser transmitidas a otros. Aún si hablásemos cuantitativamente, todos deberíamos reconocer que existen jóvenes con mucha más experiencia vital y que merecen más respeto que muchos viejos que se han pasado la vida encerrados en sus burbujas sociales, sean del tipo que sean.

En el caso concreto de los padres, muchos pretenden que sus hijos sean copias más o menos mejoradas de sí mismos, ya desde el nacimiento y con la complicidad de la familia. Prolongaciones, extensiones de sus egos, siguiendo un instinto de supervivencia propio de los mamíferos que somos, en un vano pero muy humano intento de alcanzar una falsa inmortalidad. Para ello, si es preciso, se les negará la posibilidad de tomar las riendas de su propia vida, de sus inquietudes, en beneficio de los deseos de sus padres, de aquello que quisieron ser y no fueron, o de lo que son y quieren perpetuar a toda costa. Todo bajo el manto del “yo sé lo que es bueno para ellos”.

Una de las primeras cosas que nos preguntaron a mi mujer y a mí, poco antes de nacer nuestra hija fue: “Llevará el mismo nombre que su madre y su abuela, ¿no?”. La respuesta, clara y concisa: “No. La niña tendrá su propia personalidad y su propia historia, y por eso llevará un nombre diferente.”. Por supuesto que ello no nos exime a nosotros, sus padres, de intentar encaminarla, no para que sea lo que nosotros queramos, sino para que sea lo que ella quiera, con criterio y cordura. Por mi parte, daré por bien cumplida mi misión si consigo que sea una persona buena y feliz.

Sin pretender enrollarme más de la cuenta, diré que el libro que pensaba escribir era una especie de diario en la que anotaría mis experiencias vitales, reflexiones y opiniones sobre la época que me ha tocado vivir para legarlas a mis futuros hijos –en el sentido más amplio del término– con el fin de que tuvieran una orientación que les pudiera servir para elegir mejor su camino. Pero, meditando un poco, consideré que apuntarme a la moda de las bitácoras –me gusta más el término marinero– sería una forma interactiva y mucho más estimulante y educativa de llevar a cabo mis intenciones aunque ello suponga guardarme buena parte de mis intimidades.

No sé si este experimento tendrá éxito pero quisiera contar con todos ustedes para llevar la nave a buen puerto.

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